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viernes, 10 de octubre de 2008

Le Clezio, premio nobel




Así escribe Le Clezio, último Premio Nobel de Literatura 2008:

"Imagina dónde estás, en este momento. Imagina quién eres. Eres simplemente una cámara oscura cuyo diafragma se abre a la negrura de la noche. Tu cámara es un fragmento de lava lanzado al espacio, y ese fragmento de lava es llevado en un círculo alrededor de una estrella cuya potencia es tal que ningún cuerpo en su vecindad puede escapar a su atracción. La estrella misma huye en el vacío a una velocidad incalculable, hacia un destino que no conoceremos jamás, forma parte de un lago de otros soles que conforma la galaxia, que se aleja de los otros lagos, de las otras Vías Lácteas, cada una hacia un punto del espacio a una velocidad incalculable, y cada uno de esos soles, cada una de esas Vías Lácteas están tan lejos que aun si los miráramos durante mil años nos parecerían inmóviles. Imagina todo eso. Mira el cielo. Los lagos de estrellas, los soles, las nebulosas, los cúmulos, las nubes, los racimos de escarcha adheridos a los cometas. Piensa en el cortejo de los astros y de sus satélites, Júpiter, Saturno, Marte, Venus, Mercurio. Piensa que todo lo que acabo de decirte pasa por ese orificio minúsculo de tu pupila, un rayo tan fino como uno de tus cabellos, que entra en la cúpula de tu cráneo, en la casa de tu cuerpo, en el tiempo de tu vida tan breve, de tu tiempo que no dura más que la cigarra que escuchas en el mismo instante, colgada de la rama del algodonero, que adivina el mundo con un solo grito. Imagina que esta noche es la más larga de tu vida. Déjate arrastrar a otro mundo, adivínalo a la manera de la cigarra, por los poros de tu piel, no solamente con las cámaras oscuras de tus ojos, sino con todo tu cuerpo. Respíralo, bébelo. Si crees saber algo, olvídalo. "

Fragmento de Urania, El cuenco de plata, 2007

Premio Nobel Literatura



Triunfo de las letras francesas
Le Clézio, el Nobel del desarraigo

El novelista es autor de medio centenar de libros - La extranjería ha marcado toda su obra - "Viajando se escucha mejor el ruido del mundo", afirma
J. M. MARTÍ FONT - París - 10/10/2008


La Academia Sueca concedió ayer el premio Nobel de literatura a Jean-Marie Gustave Le Clézio, definiéndole como un "escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensibilidad extasiada; explorador de la humanidad, dentro y fuera de la civilización dominante". Narrador militante -"la novela es el mejor sistema para entender el mundo", dijo ayer-, humanista, crítico de la modernidad, admirador de Conrad y Stevenson y apasionado por los mitos antiguos, Le Clézio, es el prototipo del ciudadano del mundo, aunque insista en que su pequeña patria es la isla Mauricio, en el Índico, el lugar del que es originaria su familia y cuya nacionalidad ostenta, junto a la francesa.
"Escribo novelas porque no soy capaz de escribir mis memorias"
"No soy un exiliado, tal vez un nómada, por razones económicas"
Autor de medio centenar de obras, la mayor parte narrativas, el escritor recibió la noticia en París, donde se encontraba de paso, recién llegado de Corea y de camino hacia Canadá. Su nombre formaba parte de los candidatos al premio desde hace años, aunque nunca se le consideró un favorito. Hace unos años la revista Lire le escogió como el más grande escritor vivo en lengua francesa, pero Le Clézio no forma parte del mundillo editorial y literario francés y no ha estado muy al corriente de la admiración que despertaba.
La llamada de Estocolmo le cogió por sorpresa, explicaba ayer en una sala abarrotada de la editorial Gallimard, en París, donde ha publicado la mayor parte de su obra. Se limitó a contestar: "Muchas gracias".
Su propia vida, sus raíces, son una novela de aventuras. Nació en la localidad francesa de Niza el 13 de abril de 1940, a donde su madre y su abuela habían llegado como inmigrantes procedentes de la isla Mauricio. Una historia de ida y vuelta, porque en realidad sus antepasados, originarios de Bretaña, habían emigrado a esta parte del mundo a finales del siglo XVIII, cuando todavía era una colonia francesa. Cuando pasó a manos británicas se convirtieron en súbditos de la corona.
Su primera juventud la pasó en Gran Bretaña, en las universidades de Bristol y Londres, donde incluso impartió clases de literatura. En un momento dado, sin embargo, decidió escoger la lengua francesa para expresarse. Con sólo 23 años, en 1963, ganó el premio Renaudot con su primera novela, El atestado, todavía en la ola de un cierto experimentalismo, a caballo entre el existencialismo y el nouveau roman. Siguieron La fièvre (1965), El diluvio (1966), Terra amata (1967) y La guerre (1970). Con Desierto (1980), en la que realiza una serie de retratos entrelazados de los antepasados de su esposa, Jemia, de origen saharahui, se consagra y obtiene el premio de la Academia Francesa.
Su literatura desvela la ambigüedad de las consideraciones contemporáneas sobre las identidades. De África pasa a América. Vive 12 años en México. Se mueve, esencialmente, entre las culturas indígenas, de las que toma la voz. Voyage de l'autre côté, es uno de los frutos de esta experiencia. Pese a que no se considera un "académico", como dejó claro ayer, ha ejercido y ejerce todavía la docencia en universidades de México, Londres, Perpiñán, Bangkok, Boston, Austin y, actualmente, en Alburquerque, en el estado norteamericano de Nuevo México. Habla perfectamente francés, inglés y español, como demostró ayer en su encuentro con los medios de comunicación, respondiendo indistintamente en cualquiera de estas lenguas.
"Escribo novelas porque no soy capaz de escribir mis memorias", aseguraba esta misma semana hablando de su última novela Ritournelle de la faim. "Cuando escribo novelas cambio de personalidad, la novela te permite convertirte en otro; es magnífico, meterte en la piel de otra persona, de otro sexo". "Mi mensaje es claro", dijo ayer, "hay que seguir leyendo novelas porque son un gran sistema para entender el mundo, un modelo que no es esquemático y que por eso permite hacerse preguntas".
Con una mirada entre sorprendida y serena, este hombre alto, de porte distinguido y cuyos rasgos conservan una cierta belleza de joven adolescente, respondió sin agobierse a las preguntas que le lanzaban los periodistas. Siempre atento a la paradoja; "No, no viajo mucho. Voy a un lugar y me quedo allí un tiempo"; "Mi pequeña patria es la isla Mauricio"; "No soy un exilado, tal vez un nómada, por razones económicas"; "La lengua francesa es mestiza, la cultura francesa es un lugar de encuentro"; "Escribir es escuchar el ruido del mundo y viajando se escucha mucho mejor".
La extranjería, de hecho, es una de las constantes de su obra: "La condición de extranjero hoy nos define como humanos, pese a que vivimos en sociedades en las que el hogar, las fronteras y las leyes sociales son importantes", señalaba en una reciente entrevista. "Lo que se llama mundialización", continuaba, "es el invento de un ser humano nuevo que supera las fronteras y se comunica de diversas maneras nuevas. Un extranjero es alguien que puede imaginar los otros mundos y puede trasladarse a otras civilizaciones". En su opinión, no existe choque de culturas en el mundo actual, sino un poder central industrial y tecnológico al que se resisten las diversas culturas: "Ese enfrentamiento responde al esfuerzo por sobrevivir".
Preguntado sobre qué libro suyo recomendaría eligió Pavana (1992) porque, explicó, corresponde a un combate que llevó a cabo en México, con otra gente, contra la empresa Mitsubishi, que quería instalar una fábrica de sal en una zona donde las ballenas grises acuden a parir. "Y conseguimos impedirlo"; añadió.
Sobre la crisis financiera no se le ocurrió gran cosa. "Tengo poco que ver con los bancos, aunque estoy un poco endeudado". Y sobre su pertenencia a una u otra corriente literaria respondió tajante: "Soy tan solo un escritor, que es un testigo, nada más. No pertenezco a ninguna corriente".

viernes, 5 de septiembre de 2008

Romances del CID - CNTC



COMPAÑÍA NACIONAL DE TEATRO CLÁSICO

Romances del Cid

Dirección: Eduardo Vasco

Introducción

Partiendo del Romancero, concretamente de aquellos romances basados en la figura del Cid, elaboramos este espectáculo, el segundo de pequeño formato tras Viaje del Parnaso. Se trata de otro viaje, este acompañando a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, una figura que, como otras tantas de nuestra literatura a lo largo de la historia, ha sido objeto de múltiples apropiaciones políticas improcedentes.

El Cantar de Mío Cid, el documento de la épica castellana más antiguo que se conoce, da origen, probablemente, a la parte del romancero que narra su historia. Fue transmitido en un códice del siglo XIV, copia a su vez de otro ejecutado por Pedro Abad y fechado en 1207, año que nos sirve de referencia para celebrar los ocho siglos de existencia de esta magnífica historia medieval narrada desde el punto de vista del siglo dieciséis.

Estas son las palabras con las que se abre el programa de El CID de la CNTC y aunque la línea estética de El Corral de la Olivera es más contemporánea -porque nos lo podemos permitir- que la que lleva la CNTC, desde aquí, y sin reservas nos declaramos forofos de Eduardo Vasco. Estoy hojeando la edición, cuidadísima, que han publicado sobre el espectáculo del Cid y nos quitamos el sombrero ya desde el propio título "El Cid poesía y teatro". Comulgamos con el rigor -que ya se le presupone- pero, sobre todo, el arrojo y la valentía de prestarle tanta atención y mimo a estos montajes de pequeño formato -igual que a la joven compañía-. Ya sabemos que en los grandes montajes, ya hemos hablado aquí de Las manos blancas no ofenden, hay que poner toda la maquinaria de que se dispone para que, al menos la Compañía Nacional, nos sorprenda en medios y en repartos pero que el mismo empeño y cariño se vean en estos pequeños montajes sí que es inusual.

El mérito se lo vamos a dar, descaradamente, a Eduardo Vasco y no es quitarle mérito, sino todo lo contrario, decir que es un genial director de mínimos y un buen director de máximos. Esto también se le ve en los grandes montajes donde nos sorprende en los rincones mínimos del texto y donde en los momentos máximos se muestra más conservador.

Aunque tal vez extenso para publicar en este cuaderno no nos resistimos de publicar sus palabras para el gran-pequeño espectáculo del Cid porque son magistrales:

"A veces me gusta recordar el momento en que escuché por vez primera el romance del Conde Olinos, o cuando supe de Gaiferos, de Abenámar, Rosa Fresca, el Conde Claros, Gerineldo, Zaide o tantos otros. Me gusta volver a aquellos momentos porque ya pertenecen plenamente a mi infancia, llena de emociones y sensaciones, a esa parte de uno, quizás imaginaria, pero que pesa más que los acontecimientos reales.

Yo tengo almacenados esos recuerdos en el mismo baúl en el que guardo mis primeras experiencias teatrales, con aquellos profesores del colegio que me hicieron recitar o cantar tiradas de versos que, seguidamente, yo aprendía de memoria. El amor a la poesía constituyó para mí el principio de todo; por esa puerta entraron la música y el teatro y se instalaron en mi vida, por fortuna, para siempre.

Los romances constituyen la semilla de la teatralidad pura, aquella que trabaja sin intermediarios, de manera frontal, con las convenciones básicas y los intérpretes expuestos, solos, ante el ávido espectador. Aparecen como una forma casi espontánea del actor, capaz de evocar todo el universo con el poder de su palabra, de trasportar al espectador a través de lugares, personajes y épocas con historias del pasado que se vuelven presentes, no ante sus ojos, sino en su imaginación. El mejor teatro, el que sucede dentro de los espectadores. Así, estos romances nos hablan, sobre todo, de nuestra increíble capacidad como receptores, de nuestra tremenda ingenuidad como consumidores de historias, que no necesitan un envoltorio espectacular, ni un gran despliegue de medios ante una buena historia servida con la poesía más accesible, más fácil de disfrutar, más inmediata.

El maravilloso encuentro de la poesía con el teatro tiene, en nuestra historia literaria, un camino directamente relacionado con el Romancero: el romance es el metro más utilizado en nuestro teatro, del Romancero salen una gran parte de las historias que cuentan en sus obras nuestros dramaturgos, que a su vez enriquecieron los temas y las formas de los romances. Además, sabemos que se cantaban, se leían, se recitaban, se interpretaban… luego no resulta extraño que algunos de los dramaturgos más importantes del siglo XX, como Brecht o Müller, utilicen formas muy similares al romance para sus propuestas dramatúrgicas más ligadas a lo didáctico, a lo inmediato.

Por todas esas razones, decidimos, hace tiempo, realizar un espectáculo partiendo de nuestro Romancero. Tras revisar el material, el inmenso material disponible en las numerosas recopilaciones, parecía claro que lo idóneo sería centrarnos en un tema o en una figura alrededor de la que girase un único Romancero. Eran muchas las posibilidades, algunas de las cuales seguimos valorando todavía: Don Rodrigo, Bernardo del Carpio, los romances fronterizos, los moriscos o los simples romances sueltos de amor, muerte y destino. De entre todos ellos, los romances del Cid aparecían como la opción más fascinante, apetitosa y necesaria en este momento. El Cid ha pasado de la gloria a la ignominia y el causante ha sido un mal nacional: el juzgar de oídas.

Cuando uno se enfrenta con detenimiento a lo que pudo ser la figura histórica situada en su contexto, al calado literario del personaje, a su extraordinaria vinculación popular, no puede menos que extrañarse de la caída libre que ha sufrido en los últimos tiempos. Era una buena cosa, desde la Compañía, utilizar el Romancero del Cid, buscar en las raíces de nuestra teatralidad, revisar al héroe castellano y encontrarlo, a nuestra manera, sin prejuicios heredados. Este es el segundo montaje de formato pequeño que la Compañía aborda para poder llegar a aquellos sitios a los que no accede habitualmente. Como en el anterior, Viaje del Parnaso, hemos partido de un material no dramático para nuestra propuesta, lo cual resulta tan complejo como excitante porque nos permite elaborar espectáculos posibles, a la vez que investigamos sobre aquellos componentes que nos fascinan y conforman el mundo del teatro clásico. Para ello, hemos buscado en los baúles que se alojan cerca de esa remota parte de nosotros donde se encuentra el principio de todo, con la esperanza, seguramente también remota, de que a ustedes les sugiera algo parecido. "

Eduardo Vasco

Director del montaje y de la CNTC

sábado, 16 de agosto de 2008

las manos blancas no ofenden


Valencia, 16 de agosto de 2008

Las Manos Blancas no Ofenden.
Pedro Calderón de la Barca.
Compañía Nacional de Teatro Clásico
Dirección: Eduardo Vasco
Almagro, julio 2008.

Hace unos días comentábamos el renacer del teatro clásico, a partir de un artículo escrito por Eduardo Vasco, publicado en El País y me vino a la cabeza el montaje del propio Eduardo del texto de Calderón de la Barca, Las Manos Blancas no Ofenden con la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC).

Tengo que reconocer que no había leído el texto de Calderón aunque sí sabía de su existencia y, sobre todo, sí sabía de esa faceta cortesana de Calderón que huye de su teatrum filosoficum y se adentra, como nadie, en los terrenos del enredo grande.

Sin entusaismarme en exceso el texto en sí, sí que entusiasma la maravillosa carpintería teatral de Don Pedro que más bien parece relojería suíza cuando la pieza se va acercando a su final y, sin saber nadie cómo, se saca un final genial de la manga y empieza todo a cuadrar con todo. Se nota como Calderón -siendo una pieza de encargo de la corte de Felipe IV- trata de estar a la altura del propio encargo, y lo consigue ¡vaya si lo consigue!

Para empezar es un acierto proyectar la obra al Milán del siglo XVII, cosa que respeta Vasco y se agradece porque con toda la perspectiva histórica que tenemos juega y deslumbra en sus hallazgos -escénicos y musicales-, quizá despistaba alguna pieza musical (interpretadas de maravilla por un terceto de cuerda) demasiado famosa.

Al fin este Calderón de la Barca en manos de un director atrevido como Eduardo Vasco te acerca al mejor Moliere en cuanto a manejo del enredo y de la trama y, por supuesto, de todos los resortes escénicos al alcance -mujeres que hacen de hombres, hombres que hacen de mujeres, cambios de escenario, de vestuario-.

Una joya para ver y disfrutar varias veces y con esto ya lo digo todo. Gracias al CNTC y a su director.

Buenas noches y buena suerte.